Ve, de la cruz pendiente, la Madre dolorida al Rey de eterna vida que muere por mi amor; y el vaticinio triste de Simeón, cumplido, deja en su pecho herido la espada del dolor.
Por el común delito la víctima se entrega, y hasta la muerte llega nuestro Dios y Señor, y cada dolor suyo acrece tus dolores, Reina ayer de las flores, hoy Reina del dolor.
Al ver de un Dios la muerte y que su Madre llora, tiembla la tierra toda, cual si fuera a estallar, y hasta el velo del templo se rasga dividido, ¿y el pecho endurecido se negará a llorar?
Alma que ves en trance tan duro e inclemente penar al Inocente, morir al mismo Dios, atiende de María el silencioso llanto y piensa si hay quebranto mayor que su dolor.
Mi culpa es tu tormento, mi pecado tu herida, oh Madre dolorida: tu sufres, y es por mí.
Haz que en mi alma se clave el despiadado acero que, insensible y fiero, hoy te traspasa a ti. Amén.